El grupo de 3º de la ESO se le resistía a la profesora de Matemáticas. Por más que intentaba que los alumnos mostrasen, ya no interés, sino un mínimo de respeto, sus intentos pinchaban en hueso. Un día, en casa, mientras pensaba cómo hacerse con la clase, encontró la raíz del problema: «No les conozco». Al día siguiente entró en el aula, impuso el orden y el silencio, y dedicó los primeros minutos de la clase a una actividad que nada tenía que ver con las fracciones. Animó a los alumnos a escribir, entre otras cosas, su historia con las Matemáticas hasta ese momento, y qué cosas les ilusionaban en la vida. Para su sorpresa, no pocos adolescentes decían no tener ilusión alguna en su día a día. Con lo que podía parecer una actividad más, la profesora consiguió que los jóvenes cambiasen no poco su actitud durante el resto del curso. Repitió la experiencia con un grupo de diversificación de 2º de la ESO (chicos repetidores que, aun así, no están en condiciones de pasar a 3º), con idénticos resultados. Al final del curso, y para motivar a estos jóvenes carne de fracaso o abandono escolar, les animó a pasarse una hoja en la que todo el grupo escribiese, uno por uno, qué tenía de bueno cada alumno..., y la profesora. El resultado mostró que lo que más valoraban los jóvenes no es que ella les hubiera aprobado o suspendido, ni siquiera que fuese más o menos inflexible con la disciplina dentro del aula, sino que «se nota que te preocupas por nosotros». La anécdota, que ocurrió el curso pasado en un instituto de Madrid, ejemplifica cómo, además de transmitir conocimientos, los verdaderos profesores son aquellos que ponen alma, vida y corazón en su trabajo, y resultan ser auténticos maestros para los jóvenes.

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